lunes, 5 de julio de 2010

Ecos de la realidad

Decime por que no puedo arrancarme y acercarme
sin saber la palabra justa que ajusticia tu silencio,
la cual corrompería toda astucia insatisfecha
y sedienta de tu aliento, tu pudor, y tu insolencia venerada
por todo lo que me culpa y en necedad de indulgencia divina,
por tu santidad y por la maldición de no crearte,
no parirte, no verbalizarte y hacerte acción,
solo por necio, vanidad, por ego, éste que me alimenta
y hace olvidar que no hay nadie que me ama más en la vida,
sí... esta conciencia que manipularon púber,
que fue besada, abusada, amada, odiada, castigada, amarrada,
sazonada de fuego con sal, disparada en pólvora implosiónada,
hacia dentro de uno, sin humo y sin guerra sin lagrima y sudor
para que no se note que quema, que hiere al cauterizar
lo que alguien construyó y derrumbó, lo que descubrió y tapo
lo que avivó y apagó, para dar a conocer tantos lustros después
que la verdad de esta mentira es la mitad de la mentira,
que nunca sabré que existe porque es bueno creer
que hay verdad en tu mirada y mentira en tu boca,
que uno prefiere ser ciego y mudo pero no sordo,
cuando busca un gato negro en una habitación a oscuras
y que mientras tengas un corazón que nos vea
y unos ojos que sientan todo lo verosímil de tu realidad,
de tu nacimiento, existencia y muerte,
para aprender que no hay sentido en la certeza
y no hay vida en el sentido de tu ser social.
La mentira que nunca sabré que existe
es la verdad que nunca sabré que añoro.
Tu verdad, mi mentira. Ecos de realidad,
certeza montada sobre la luz de una estrella.