jueves, 8 de julio de 2010

Astucia infame para un enamorado obstinado

  Dicen que, es mejor morir de amor que no haber amado nunca. Si mi vida la tuviera que limitar a esa frase, sería tan estúpido morir, ya sea amado o en completa ignorancia de amor.


  Yo soy un hombre que ama sin limitarse al decirlo y desea ser amado por el resto de sus días. Es por eso, que practico eficazmente "el arte de marcharse a tiempo", o sea, en otras palabras, tener la habilidad de dejarse comer en el momento en que más apetitoso nos encuentren. Por supuesto, para lograr esta destreza hay que conocer al amor, y lo conozco también que lo he aborrecido con todas mis fuerzas. Creo que que no sabe nada de amor quien nunca despreció lo que más amaba.

 
Dicen que, después de andar cierto camino, ya no se puede querer sin presentir, ni confiar de brazos y corazón abierto sin saber el tamaño de esos bíceps y la firmeza de ese escudo de costillas e ilusionarse sin guardar, en algún rincón, una luz de alerta.

 
Es evidente que la vida nos dota de algunas destrezas y de cierto cinismo que nos impide la ingenuidad. A veces el trato con la vida y los libros nos genera una serie de presentimientos y nos quita fe poética. Y todo, tanto como el amor y  la amistad, está teñido de una cierta desconfianza. Pero creo que es el precio que uno debe pagar por lo que algunos llaman astucia. Sin embargo, a veces la astucia es un escudo endeble que no defiende contra nada, ni de la incertidumbre del paso del tiempo, ni de la certeza de la muerte, ni de mi automatismo por el amor...
 
Pero no voy a defenir al amor. Si no sería llegar al fatalismo de la determinación, el lamento de las voluntades débiles. Eso sí, puedo ser un enamorado de una obstinación tan dulce, que logre desprenderse de lo que quiere escuchar. Evitando el advervio de la duda y sus posibles brotes.