sábado, 29 de abril de 2017

Rosario Central conoció a Ali Babá y no a sus 40 ladrones.

Dicen que la copa era de oro macizo con incrustaciones de piedras preciosas, ese cuadrangular en Yakarta, Indonesia es todavía un misterio para mí. En 1975, Un equipo campeón argentino ganó también ese trofeo y camino a sus tierras pasaron por la capital de mi país, Teherán.  Traían una camiseta de franjas verticales, en un gris claro y oscuro. La televisión de la época no tenía color y si bien en el noticiero nos daría la burda explicación de cuál era el azul y el amarillo que vestía Poy o Killer, con mis hermanos le pusimos la imaginación y armamos las nuestras para el equipo del barrio con unas franjas más finitas, allá en mi querida ciudad natal de Tabriz, Irán. Jamás supe cuál era el nombre de eso campeones y seis años después los misterios se revelaban de a poco.




La ciudad que en años de Carlo Magno fue parte de la ruta de la seda, me obligó a salir de ella para viajar por caminos desconocidos del occidente. En su momento no lo supe pero como el tiempo entendí que así como la religión que profeso, me dice que ésta buscará siempre hacer posible nuestro destino común, me encontré un 24 de febrero del 81´ en Rosario, el lugar donde la vida me marcó que tenía que estar. La primera señal me la dio a un pibe en la peatonal Córdoba con la camiseta Central y me di cuenta que ya era hincha a 24 mil kilómetros de distancia, de que mi equipo estaba acá. La segunda señal llegó cuando me enteré el apodo que tenían, no es casualidad que mi sangre viene de un pueblo de guerreros, jamás podría ser fresco… La iluminación quizás apareció cuando fui a ver mi primer clásico, ganamos 1 a 0, y ese gol que grité en la tribuna que da al Regatas entró en mi corazón como un susurro, como una revelación progresiva, esa que inconscientemente me guio a formar una gran familia en estas tierras, que vengo cultivando en libertad hace más de 30 años.


Mis amigos me llaman cariñosamente Babá por mi acento. Y en lo que milenios atrás fue Persia, dejé una raíz arrancada en nostalgia que vuelve siempre, hasta con un tango de Gardel pero en este país dejaré un potencial amigo en cada habitante, muchos frutos canayas de descendencia iraní y un tatuaje en mi pierna con el escudo y bandera del glorioso club Rosario Central.

Por Mariano Frigini