lunes, 13 de marzo de 2017

Para un Canaya no hay nada mejor que otro Canaya

Ya era hora de largarme sólo. Después de diecisiete años de trabajar en el rubro quería  formar mi propia empresa. Pero como decía el Negro Olmedo, si lo vamo hacer lo vamo hacer bien.
El lugar elegido era Resistencia y Corrientes, conozco la zona y a su gente, además desde hace tres años ya venía construyendo con unos amigos un pequeño sueño, una Filial de Central que reúnan a todos los centralistas de éstas ciudades. Cómo no me voy a enamorar si sólo miraba esta parte del litoral en dos colores, los mejores...
Era la cuarta fiesta anual que realizamos por el aniversario de su fundación. Si bien la oratoria se me da muy bien, siempre gana mi actitud de payaso para agarrar el micrófono y animar cualquier situación. Pero ésta no era cualquiera porque cada año se reivindica la pertenencia de una pasión, una fábrica de emociones que no para de trabajar, que puede unir a personas que por cualquier otro motivo no se hubieran juntado jamás. Eso me complica mucho, ya que después tengo que volver a Rosario y vivir unos días a Central en el noreste me perdura como una contradicción, la cual tira por la borda el slogan “Somos la Ciudad” ya que también somos un país carajo! Vení al Litoral que te lo vamos a demostrar! Te lo canto si querés… El terruño de éste amor es muy importante ya que le aporta ese valor cultural característico y único como si fuera un gran vino.
La distancia también es una ausencia, como lo es la soledad. Tenía que buscar la forma de volver más seguido y me entrené para eso por un año, aproveché la oportunidad para comenzar mi aventura con una gran empresa de la zona que la quería como cliente. No iba a ser fácil y como dijo Guardiola < perder es una posibilidad en el juego, jugar bien es lo único que asegura una modesta satisfacción incluso en la desgracia > Así que hice lobby, arme presentaciones, memoricé mi carta de venta, hasta un puntero láser me conseguí… Pero faltando pocos minutos antes que empiece el partido, me entero que entró un nuevo jugador, y no cualquiera, era el que iba a tomar la decisión de mi éxito. Tenía un nombre poco común, no sabía nada de él y la incertidumbre jugaba conmigo como esa mujer que tiene la fantasía del hombre como su mejor arma, la cual puede manipularte para bien o para mal.



Ya en la sala de reuniones, me sentía como Carbonari que después de remontar un cuatro a cero, me pedían que tenga piernas para patear un penal en la final. Lo tenía todo cocinado, estaban en la palma de mi mano pero la copa la iba a ganar si podía pegarle fuerte a la pelota y meterla como el Petaco, eso iba a suceder con la aprobación de éste nuevo personaje sombrío a mi conocimiento, que representaba la variable que no pude prever. Apareció como una grata sorpresa, como esa novia reciente que te llama diciendo < quedate tranquilo que ya me vino >. Apenas entró me grita ¡Hola canallón! y me da un abrazo. No lo podía creer... mientras él me recordaba que estuvo en la última fiesta que organizamos con la Filial y lo feliz que le hizo sentir todo el cariño auriazul en estas tierras.
A partir de ahí todo sucedió como menos lo esperaba. Porque uno siempre espera lo mejor pero se prepara para lo peor, en cambio lo que pasó fue extraordinario, él simplemente le dijo a mi público previamente convencido, que firmen mi propuesta sin dar más vueltas. Ese día conseguí un contrato y un amigo. Me volví a Rosario con esa linda sensación que “para un Canaya no hay nada mejor otro Canaya” y que el material de presentación y el puntero láser me lo iba a meter gratamente por el culo…


Por Mariano Frigini