domingo, 19 de febrero de 2017

Un Rosario de oportunidades

No había mucho que decidir. El helicóptero del presidente despegó desde ese techo rosado y se llevó mi negocio con él. Luego de quebrar y bajar las persianas del gimnasio me puse la auriazul, agarré la moto y dejé un Rosario de oportunidades esquivas para volver a mi Corrientes.




La bajada del puente Gral. Belgrano me permitió tomar velocidad, como así de rápido pasaban los recuerdos y la promesa de nostalgia, me encontré con una avenida 3 de abril que guardaba lo mejor y lo peor en cada cruce de esquina, pero esta vez no me importó si era cara o cruz, nunca supe si fue suerte o destino y si ya estaba escrito o si escribiríamos de más, igual hubiera frenado la moto de todas formas…
Haciendo movimientos verticales en el pecho, como diseñando bastones con el pulgar y el índice hasta detenerse abruptamente con dos golpes a palma abierta en el corazón, bastó para que sea la señal que marcaría esa camaradería que sólo pueden dar los canayas cuando fraternizan sedientos de hermandad por su lejanía del Gigante y por ese porrón blanco como tibia de albañil que aplacaba un viaje largo.
Juampi y Pablito habían llegado hace un par de años, enseguida la amistad surgió para quedarse y poco a poco comencé a ver cómo el Paraná siguió su camino y en su parte más ancha nos trajo unos cantitos de hinchada, un par de goles y papelitos que se le cayeron a alguien alentando en la platea alta.
Creo que ahí nos infectamos con el virus Canaya. Y se luchó para tener ésta enfermedad que enorgullece. Porque bien sabés que no hace falta ser portador, tenés que contagiar. Implica plantarse en un bar a ver un partido siendo 3 contra 50 del equipo porteño de turno, es ser ese hincha militante que te para en la calle desesperado como si se te hubiera perdido tu hijo para preguntarte si sos de Central o te prestaron esa camiseta pero también tenías ese momento glorioso donde a los gritos se escuchaba: -Vos de que cuadro sos!? – Y del mismo que vos! Eso era suficiente para sellar con un abrazo la bienvenida.


Hasta que llegó el día en que desapareció el puente y Resistencia quedó cerquita. Lo contactaron por correo a Pablito y como esas pelotas que se meten en la ratonera en tiempo de descuento, ya contábamos con Leo y Santi que se cruzaban en una Trafic destartalada para verlo al Más Grande por la tele, para organizarnos y buscar hermanos, para soñar con construir nuestra propia casa, nuestra Filial.
 Todo pasó muy rápido. El puerto de Corrientes se encanayó y fue el faro para que muchos nos encontraran. La llamábamos La Pocilga, se asociaba con lo que representa a ese animal de futbol tan unido a la civilización y su evolución cultural, donde Miguel con los choris comunitarios y una tv de 14”, albergaba ese reducto con todo nuestro folclore centralista, rebalsando ese pequeño y estrecho kiosquito portuario. 
 Después de tantos años tampoco hay mucho por decidir. Termino de trabajar en mi nuevo gimnasio, me pongo la auriazul, encaro la 3 de abril pero ahora para subir el puente, ya no con la moto sino en auto, hoy se reúne mi Filial Chacho-Corrientes para comer un asado y recordarme que acá también encontré un Rosario y es de Central.


Por Mariano Frigini